LA DETONACIÓN DEL CARRO BOMBA EL 16 DE ENERO DE 2003 EN LAS FISCALÍAS LOCALES DE MEDELLÍN FUE UN ATENTADO DE LA FARC

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enero 15, 2017 por ciudadanocomun

Condensado del libro de Francisco M Velásquez A – DON SEÑOR

Esa explosión la había sentido antes, en otros dos atentados, pero esta vez estaba aturdido, vi pasar a mi lado, como en cámara lenta, el ala de una puerta blanca que se estrelló contra una columna, partiéndose en dos. Sentí ardor en la cara, igualmente una golpiza causada por una lluvia de pequeños cristales y un pavoroso estruendo que provenía de la oficina de la Fiscalía doce, causado por una pared que caía sobre estantes de metal y muebles de madera, que eran los escritorios de los Fiscales doce y once y de sus dos asistentes. Me vi con el pie derecho encogido sobre el pecho y diciendo en voz alta:

-¡Dios mío qué pasó!

El instinto natural me llevó a buscar una salida, dirigí mis pasos hacia las escalas, una nube de humo negro lo cubrió todo. Paré para orientarme y me di cuenta que me había detenido justo en el borde de donde se desprendió la puerta que antes cerraba el paso al vacío contiguo al ascensor, allí estaban engastadas en la pared una escaleras metálicas que iba del primer hasta el último piso y que se utilizaban para darle mantenimiento al elevador. Hasta ese vano había llegado dando tumbos, aturdido y con náuseas producidas por olor a pólvora. Sentí horror al pensar que hubiera podido caer dentro de aquel agujero. Seguí caminando buscando las gradas pero la humareda y el polvo que se produjo no me permitieron seguir. El Doctor Albeiro Díaz pudo sortear aquel escollo no se como, dijo después que fue el primero en salir del edificio después de la explosión. Me devolví, buscando la otra salida que estaban al lado de la oficina de la coordinación, la nube negra estaba más disipada en el corredor, pero el piso estaba saturado de polvo, pedazos de vidrio, de ladrillo y cemento, Al lado de esta oficina funcionaba la Fiscalía dos, allí, subida en el alféizar de la ventana, una mujer estaba a punto de lanzarse, le di un puntapié a la puerta y esta al chocar con la pared produjo tal golpe, que la mujer reaccionó y se bajó de un brinco, la tomé de la mano y la llevé escaleras abajo; a pesar del aturdimiento escuché el llanto de unas mujeres en el segundo piso, pero unos anaqueles impedían la entrada, al llegar al primer piso otros anaqueles estaban tumbados imposibilitando el paso, el suelo estaba inundado y cientos de de expedientes flotaban como barcos de papel. Logré mover un estante y frente a mí apareció una mujer, no se movía, tenía incrustaciones de vidrio en los brazos y en el rostro, la sangre le corría por el cuello. En un cuarto contiguo otras mujeres lloraban porque no habían logrado mover un estante para salir. Me di cuenta que estaban bien, solo muy asustadas. Me decidí por auxiliar a la mujer herida, dejando atrás, la que llevaba casi a rastras, que aún estaba presa de pánico pero sin un rasguño. Al llegar a la puerta de salida, alguien quien vio nuestro aspecto me recibió la joven herida y me dijo que buscara donde meter la cabeza en el agua y me lavara que lucía espantoso. Me pasé las manos por la cabellera y la sentí pegajosa, luego las miré, estaban tiznadas. Alguien me cogió del brazo y me llevó hasta una farmacia cercana, allí me dieron un vaso de agua y me preguntaron si tenía lesiones, luego entré a los servicios y me miré al espejo, los ojos los tenía enrojecidos y el rostro sucio de polvo. Sentir el agua en la cabeza y el rostro me hizo sentir mejor, pero continuaba totalmente aturdido, escuchando golpes o sonidos en el oído. Sacudí la chaqueta para desprender los cristales alojados en ella. Luego me quité la camisa que tenía pequeñas perforaciones y los curiosos me miraron la espalda y me retiraron unos cuantos vidrios. Recordé la mujer que saqué con el rostro ensangrentado y pensé en lo terrible que sería tener incrustados los cristales en los ojos. Recordé que en caso de emergencia tenía una ruta de escape y debía seguir por la carrera Palacé y voltear por Perú, por la calle 55 y llegar al Parque de Bolívar que era el punto de encuentro, esa ruta de escape la habíamos trabajado en varios simulacros, Al llegar, los compañeros se abrazaban y me abrazaban, me retiré para buscar un teléfono público para llamar a mi familia y decirles que estaba bien. Terminaba de colgar cuando vi que Diana corría el último tramo de la carrera Junín para llegar hasta donde estaba. Medio un abrazo que casi me derriba.

-¡Estás bien! ¡Dime que estás bien!

No alcancé a decirle nada. Prácticamente me derrumbé y comencé a llorar.

-Cuando escuché la noticia y dijeron que el carro bomba la habían colocado al nivel del tercer piso del Edificio Diplomático. Pensé que te había matado.

Logré animarme y le expliqué que hasta ese momento solo sabía que eran muchos los heridos y que fue suerte que no hubiera más personas en el edificio por lo temprano de la hora. Diana me acompañó a mirar las listas elaboradas en papel de cuaderno y pegadas con cinta a la pared exterior de un edificio de Comfenalco. Allí me dijeron que anotara mi nombre, en la lista de los lesionados para que el médico me evaluara. Me sobresalte al leer que aparecían cinco personas muertas y treinta y siete heridas, pero con el tiempo se confirmaron 41, Pensé que mis lesiones eran insignificantes al lado de lo que padecieron otros compañeros y dudé en apuntarme, pero como continuaba aturdido, medio sordo, y como los compañeros me vieron llorando, llamaron a los de la oficina de riesgos profesionales y les dijeron que estaba muy afectado, éstos hicieron las anotaciones en la lista de heridos por mi y luego me llevaron con otras personas lesionadas a la Clínica Medellín, para una evaluación tanto sicológica como física.
No se cuantas veces ese conté la historia. Cada vez que la narraba tenía algo más que añadir. Dije la forma como llegué aquel del 16 de enero de 2003, antes de las ocho de la mañana hasta la esquina de Palacé con Caracas, saludando al vendedor de los jugos de naranja y haciendo la compra acostumbrada.
-¿Cómo está la mañana?
-Tan tranquila como casi siempre, don Señor. Solo hacen bulla los travestís de la sala X, que se agarran por cualquier cosa.
Dejé al vendedor de jugos. El semáforo daba paso para peatones y pasé la carrera Palacé, en el puesto de prensa saludé a la vendedora y leí los titulares de las revistas y de los periódicos y luego me detuve a esperar que el semáforo de la calle Caracas pasara a verde, miré hacia la cafetería, el vendedor de buñuelos estaba atareado atendiendo a tres personas. Calle arriba, hacia ambas aceras vi pocos transeúntes. Miré hacia el edificio reconstruido de lo que antes fue el Teatro El Cid, las puertas de los negocios estaban cerradas, pero la entrada al parqueadero estaba abierta y un vehículo subía por la rampa hacia los pisos altos. Pasé la Caracas, había ya una fila frente al edificio Veracruz esperando la hora de entrada, al frente en la Notaría diez, había otra fila, la oficinista repartía fichas para el registro de los recién nacidos. Saludé de lejos a David, el embolador y lotero, que estaba recostado a un lado de la puerta de entrada del Oscar, que era un bar nocturno que ofrecía strip tease y servicios privados. Ese era el entorno más próximo a la oficina. También saludé a los vigilantes en la puerta de entrada al edificio Veracruz y caminé por el pasillo hasta el fondo donde estaba el edificio El Diplomático, ambos edificios eran ocupados por la Fiscalía General de la Nación. No tomé el ascensor sino que seguí por las escaleras hasta el tercer piso, saludé en el segundo a un compañero de la oficina de asignaciones, y al fondo alcancé a ver otras dos empleadas, quince minutos más tarde el piso debería estar ya atestado de servidores y público. . Llegué a la Fiscalía Séptima Local y comencé la rutina acostumbrada, prendí las lámparas de neón , corrí las cortinas, encendí el computador, pasé el paño rojo por el escritorio, tomé la agenda y leí las entrevistas que teníamos para la mañana. Fue cuando sonó el teléfono.
-Francisco, todavía tenemos tiempo para salir y tomarnos un tinto –escuché la voz del Fiscal Albeiro Díaz P. – Nos encontramos en el pasillo- continuó
Colgué el aparato, luego toqué en los bolsillos del pantalón para verificar que estuvieran las llaves de la oficina, cerré la puerta, caminé quince pasos y me detuve en la mitad del pasillo, en el vano, donde se separaban los dos bloques de edificios, abrí una de las hojas de vidrio de la ventana y apoyé los brazos sobre el marco y miré la ventana que daba luz a los despachos conjuntos de las Fiscalías Cinco y Diecisiete, alcancé a ver el cuadro de la Virgen de Guadalupe, allí más tarde como siempre deberíamos reunirnos unos cuantos devotos con la doctora Consuelo Vélez , para rezar. Fue cuando escuché una puerta que se cerraba y luego los pasos tenues del Fiscal doce que llegaba extendiendo la mano para saludarme.
-Somos los más madrugadores –dijo.
Y ya cuando nos dimos vuelta para caminar en busca de las escaleras fue que se produjo la detonación.

                             &&&&&&&&&&

Nota: el 16 de enero de 2003, las las 7:52. el guerrillero de la Farc,  Rigoberto García Quintero, puso un carro bomba, contra las Fiscalías Locales de Medellín, el vehículo lo dejó en el parqueadero del centro comercial El Cid, contiguo a dichas instalaciones. El hecho cobró la vida de cinco personas, entre ellas un niño de 2 años, tres servidoras de la Fiscalía todas ellas  madres cabeza de familia y un empleado de una cafetería y dejó heridas a 41. Fuente:Fiscalía- Revista Huellas.pg.8  – https://goo.gl/JMDRNq

 

 

 

 

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