10o. Aniversario de la muerte de Manuel Vázquez Montalbán

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El próximo 18 de octubre se cumplen 10 años de la muerte de Manuel Vázque Montalbán, famoso escritor español sobre todo por sus novelas policíacas protagonizadas por el el detective Pepe Carvalho. Aficionado como soy a la novela negra, les transcribo este correo que recibí hoy de Barcelona. De paso a los que les interese este género literario, los invito a que se pasen por la biblioteca Pública Piloto, y presten “El Pianista (1985) Premio Recalmere, sobre el papel del artista en la sociedad comtemporánea.

SU MEDIA SONRISA IRÓNICA

POR ANDREU MARTIN

Cuando empezamos a escribir novelas policíacas, a finales de la década de los setenta, y necesitábamos una voz autorizada que nos avalara ante el mundo, acudíamos indefectiblemente a Manuel Vázquez Montalbán y le pedíamos un prólogo. Un prólogo del maestro, intelectual, inteligente, precursor e incondicional, era entonces un honor impagable.
Ahora, cuando Daniel Vázquez me pide que escriba un prólogo para un libro de Manuel Vázquez Montalbán, vuelve a ser un gran honor. Una manera de devolver los favores que me hizo, que nos hizo a todos los que lo necesitamos. Porque ya es repetido y sabido por todos que una de las principales cualidades del maestro era la generosidad.
Tuve la oportunidad de reconocer públicamente mi gratitud hacia Manuel Vázquez Montalbán en el momento en que el Ayuntamiento de Barcelona y el encuentro anual de novela negra que se celebra en esta ciudad (BCNegra) me otorgaron el Premio Pepe Carvalho, y ahora, cuando se me ofrece la oportunidad de hacerlo por escrito, debo repetir lo que dije entonces.
Un día de 1977 o 1978, en plena Transición, fui a entregar mis guiones de cómic a una de las revistas para las que trabajaba, que se llamaba Muchas Gracias. El director, que me parece que era Tom, o tal vez Romeu, o los dos, me preguntó:
—¿Tú enviaste una novela negra a un concurso recientemente?
Le dije que sí. Había enviado mi novela Aprende y calla a un corcurso promovido por la editorial Los Libros de la Frontera, de José Batlló. Me dijo Tom (o Romeu):
—Pues ven, que hay alguien que te quiere conocer.
Atravesamos el pasillo y entramos en el despacho de al lado, donde estaba la redacción de otra revista de la casa: Por Favor. Dentro me esperaban tres personas.
Manuel Vázquez Montalbán, Jaume Perich y Juan Marsé.
Yo los admiraba a los tres como no os pedéis imaginar. Si había escrito mi novela y la había presentado a aquel concurso era porque en aquella colección Manolo acababa de publicar su Tatuaje. Leía los chistes de Perich desde que empezó a publicar en la Solidaridad Nacional, y luego en Tele-Exprés. Y a Juan Marsé lo admiraba tanto que en mi novela había dos homenajes a su obra. Mi protagonista, Julio Izquierdo, era un trasunto de su Pijoaparte, y, además, leía Si te dicen que caí.
Fue, pues, una aparición prodigiosa, casi una experiencia mística.
Me dijeron que les había gustado mucho mi novela y que, si no me habían dado el premio, había sido simplemente porque la editorial había quebrado. Pero que estaban dispuestos a ayudarme a publicarla.
Manuel Vázquez Montalbán dijo, con aquel laconismo tan suyo: «Ya sabes que si necesitas cualquier cosa…»
Jaume Perich hizo alguna broma tratando de disuadirme de que me hiciera artista, «¿por qué no te buscas un trabajo en “La Caixa”, algo seguro…?»
Juan Marsé fue el que me agarró de la manga y me dijo algo que nunca olvidaré: «Tu novela es buena, pero no es muy buena.» Y, a continuación, me hizo notar una serie de detalles, aquí y allí, que habría que retocar para mejorarla.
Yo salí de allí flotando a un palmo del suelo. Pensaba: «Qué generoso es Manuel Vázquez Montalbán», y «Qué gracioso es Perich, siempre con un chiste a punto» y «Qué coño sabrá Juan Marsé sobre cómo tengo que escribir yo mis novelas».
Marsé me indujo, pues, a la lectura analítica de mi propia obra, me enseñó a ser permeable a las enmiendas y, a la vez, crítico con los críticos. Desde el día en que nos conocimos, Perich adquirió la buena costumbre de telefonearme para recomendarme los libros policíacos que le gustaban. Gracias a él, empecé a leer a Stephen King (venciendo mis prejuicios), o a Ruth Rendell, o a Higgins y sus Amigos de Eddie Coyle…
Pero fue Manolo quien me puso en contacto con la editorial Sedmay, que estaba publicando una colección llamada «Círculo del Crimen», en la que aceptaron mis cuatro primeras novelas y me premiaron la cuarta, Prótesis, momento en el que puedo decir que para mí empezó todo.
Manuel Vázquez Montalbán, con sus Carvalhos pero también con su presencia en los medios de comunicación, con su sorna incisiva y sus textos cargados de subtextos, fue un referente literario mientras vivió. Cualquiera que lea el prólogo que Manuel Vázquez Montalbán escribió para mi Barcelona Connection comprenderá que me sintiera halagado por las palabras que me dedicó («con esta novela Barcelona penetra en el imperio del crimen internacional: es una modesta contribución de Andreu Martín a los fastos de la Olimpíada de 1992»), no sólo porque eran positivas y demostraban que se había leído la novela con atención y cariño, sino porque, entre otras cosas, la conectaba con su época pre-Carvalho, cuando él era, según sus palabras, «un escritor subnormal, en un país subnormal y para lectores subnormales», porque con ello, tal vez sin saberlo, reforzaba mi identificación con él.
Siempre interpreté el Manifiesto Subnormal de Manuel Vázquez Montalbán como un elogio del surrealismo político, una mirada de extrañeza y sarcasmo al absurdo de un mundo que se deja gobernar por la espantosa mezcla de estulticia y maldad. No destacaría de las novelas de Carvalho el realismo y la crítica social, que sin duda valorarán otros prologuistas de esta colección, sino sobre todo la media sonrisa irónica con que nos mostraba un mundo ridículo. Sólo en una de mis innumerables novelas traté conscientemente de aproximarme a la literatura de Manolo, pero de manera inconsciente siempre procuré que una media sonrisa irónica parecida a la suya tiñese todo lo que yo escribía.
Decía él en otro prólogo, el de La novela criminal española de José R. Valles Calatrava: «[…] Me costaba entender cómo pocos, muy pocos, se daban cuenta del carácter experimental que tenían mis primeras novelas policíacas, más cerca del Manifiesto Subnormal que de cualquier pretensión de best seller.»
Manteniendo las distancias, me halagó más de una vez cuando, en reuniones con otros autores, buscaba mi compañía de hijo de proletario huyendo del comportamiento irritante de algunos colegas pijos.
Entendí que para él, como para mí, como para todos los que cantábamos victoria después de la muerte del dictador, el género policíaco había sido una liberación, una huida de lo que él llamaba la novela convencional.
«Era un momento de escepticismo sobre la construcción de la novela convencional en el que se imponía, sobre todo, la pirueta tecnológica. Se había llegado a unos extremos tales —se buscaba la experimentación sólo por la experimentación y la tecnología por la tecnología— que el aval de una novela era el hasta qué punto era tecnológicamente innovadora […].»
Y luego:
«[Buscamos una] novela crónica que expresase la realidad. Pretendíamos recuperar el gusto por la narratividad, una novela en la que determinados ingredientes —un argumento, una tensión interna, una intriga, un análisis psicológico de los personajes, en definitiva: contar una historia— dieran la sensación al lector de que había leído una novela y no un producto lleno de pastiches y evaluado sobre todo por elementos foráneos.»
Muchas veces nos hemos preguntado por qué se produjo el llamado boom de la novela policíaca de finales de la década de los setenta principios de la de los ochenta. Para mí, ésta es la explicación más lúcida de todas las que he oído o leído. Nos liberábamos de un corsé político pero también de uno cultural; la dictadura había producido una intelectualidad obtusa que tardaba (en palabras de Juan Madrid) «cincuenta páginas en narrar cómo alguien subía unas escaleras» y el policíaco representaba la liberación, la contestación a esas novelas ensimismadas, el descaro ante el qué van a pensar estos señores y la transgresión más desvergonzada.
De toda la serie Carvalho, mis preferidas son las narraciones que contiene este libro, más las tres historias de amor, el asesinato en Prado del Rey y otras historias sórdidas, que es donde mejor se reflejan —según mi opinión— ese argumento, esa tensión interna, esa intriga, ese análisis psicológico de los personajes que él reivindicaba, tal vez porque todas ellas fueron inicialmente guiones para aquella serie de televisión que empezó a emitirse el 21 de febrero de 1986 y que dirigió un argentino llamado Aristaráin, donde Pepe Carvalho era interpretado por Eusebio Poncela. Creo que, al crearlas para episodios audiovisuales, Manuel Vázquez Montalbán trabajó sus narraciones conforme a estructuras más sólidas —acaso también más convencionales— que las del resto de las novelas.
Y aventuraría que también Manolo sentía una especial querencia por estas historias, deduciéndolo de la indignación que le sobrevino al verlas plasmadas en imagen y que liberó en una fina venganza, con su media sonrisa de sarcasmo, cuando escribió Asesinato en Prado del Rey, en la que asesinaba a un realizador argentino casualmente apellidado Araquistáin.
Dice en el prólogo de Historias de fantasmas: «Tal vez el lector encuentre algún punto de contacto entre el desarrollo de algunas de estas historias y una lamentable serie televisiva atribuida al personaje Carvalho y que fue uno de los más alevosos intentos de asesinato literario que se han producido en los últimos dos mil años. A ese lector insto a que de la comparación pase a la deducción, a que no se fíe de las imitaciones y en lo referente a Carvalho exija siempre la etiqueta de garantía.»
No es de extrañar tanto cariño por el personaje en aquellos momentos porque, después de seis novelas publicadas con Carvalho de protagonista (la última La Rosa de Alejandría), el detective había adquirido una solvencia de las que hacen que un autor se enorgullezca de la criatura, y aún no había llegado el momento del hastío en que los grandes autores, como Conan Doyle o Simenon, se hartan de convivir con su alter ego y deciden eliminarlo.
Se diría que los protagonistas carismáticos crecen demasiado e invaden la vida privada del autor en una especie de competencia desleal hasta hacerla claustrofóbica. Entonces, Conan Doyle perpetra el asesinato de Sherlock Holmes precipitándolo por las cataratas de Reichenbach, o Simenon decide ignorarlo y simplemente dejar de escribir sobre él confiando en que el olvido sea el arma idónea para el crimen perfecto. También le sucedió esto a Manuel Vázquez Montalbán, que a partir de un momento de hartazgo, en tertulias privadas y ante micrófonos de periodistas, empezó a anunciar que el día menos pensado acabaría con el detective inmortal. Pero en su caso las amenazas eran tan inofensivas como los gritos de la madre mediterránea cuando vocifera a sus hijos que los va a matar. Por fuertes que suenen, el vecino sabe que no son más que muestras de amor. Y, si se palpaba el cariño de Manolo por su personaje cuando proclamaba «¡Te voy a matar!», más afecto podíamos percibir en los tiempos de estos relatos, en que Pepe Carvalho ya se había revestido de una personalidad propia e intransferible.
En aquellos inicios de la nueva novela policíaca española, los pioneros estábamos influidos por los maestros estadounidenses, impregnados de un mundo ajeno a nuestra realidad e incompatible con ella, y el proceso literario que se dio entonces consistía precisamente en liberarnos de las imágenes condicionantes de Nueva York o Los Ángeles para crear y recrear una verosimilitud más próxima, de Barrio Chino, memoria histórica, boina y caspa.
Para traer a la novela negra a nuestro terreno, todos nos apoyamos en la realidad más próxima de los franceses (Simenon, Japrisot, Manchette) y seguramente en los antecedentes de Jaume Fuster, Manuel de Pedrolo o García Pavón, y ésos debieron de ser los referentes de Manolo cuando se aventuró en la experimentación del género. Pero la virtud de Pepe Vázquez o Manuel Carvalho fue que no se limitó a envolver a su detective en una realidad nacional meramente decorativa sino que se puso a ello con toda su experiencia de cronista y con el tono de quien no es mero espectador sino también cirujano armado de bisturí.
Si, visto de lejos, al principio Carvalho, con su asistente Biscuter, su confidente Bromuro, su amante Charo y su afición a la gastronomía, podía parecer una construcción de ficción comparable al Capitán Trueno, Goliat, Crispín, Sigrid y Santiago y Cierra España, al llegar a los relatos aquí presentes, cada uno de estos personajes había crecido ya hasta abandonar estereotipos de referencia y convertirse en mitos inimitables. Tan peculiares, quiero decir, que cualquier intento de aproximación o imitación habría sido flagrante plagio (que es lo que define a los mitos y permite que se les atribuya el epíteto de inimitables).

Me gustaría que este prólogo, hasta donde llevo escrito y en adelante, reflejara no sólo mi admiración y gratitud hacia el maestro sino también mi afinidad y complicidad con él. Tal vez sea esta pretensión la que me lleve con frecuencia a contar dos anécdotas de Manuel Vázquez Montalbán que definen su paciencia y su sentido del humor. Uno rememora anécdotas de los amigos para presumir de ellos, para trasmitir una imagen simpática que demuestre lo agradable que era estar con él y para dejar constancia de una espléndida manera de ser.
Una de mis dos anécdotas es la de aquel día que estábamos sentados tomando algo en la Feria del Libro de Madrid y se nos acercó una señora armada de grabadora. Le preguntó si era Manuel Vázquez Montalbán y, cuando vio confirmadas sus expectativas, le pidió permiso para hacerle una entrevista.
Manolo le concedió la venia y la señora, ilusionada, emitió su primera pregunta:
—¿Qué ha escrito usted?
Cualquier otro escritor fácilmente hubiera enviado a la señora a informarse debidamente antes de lanzarse a interrogar a la gente, pero él, cargado de paciencia y habilidad para los resúmenes, le contó que escribía artículos de prensa, poesía y novelas, entre las cuales destacaban las del famoso detective Pepe Carvalho.
Toda una exhibición de paciencia y generosidad.
A continuación, la señora le soltó la segunda pregunta con sonrisa amable e ingenua:
—¿Y por qué? ¿Por qué ha escrito eso?
La paciencia y la generosidad ya habían quedado demostradas. La siguiente respuesta fue la del sentido del humor, definitiva y contundente:
—Para ligar, señora. Todos los escritores escribimos para ligar.
Y resultó lo bastante rotundo como para que la señora diera inmediatamente por acabada la entrevista, abandonara la silla que había ocupado y huyera de nosotros procurando que no se trasluciera su pánico.
La segunda anécdota es de todos conocida y, si la transcribo aquí, es para que no se olvide. Porque fue su despedida oficial del mundo. Sus últimas palabras en público.
En Canal Plus había un programa llamado «Epílogo», que consistía en una entrevista realizada a algún famoso con vistas a retransmitirla en televisión una vez hubiera muerto. Unas declaraciones póstumas, con toda la trascendencia que ello implica.
Después del 18 de octubre de 2003, día en que Manuel Vázquez Montalbán murió en Bangkok, el canal de televisión tuvo oportunidad de emitir aquel programa que habían grabado tiempo atrás, dirigido y conducido por Begoña Aranguren.
Al final de la entrevista, la periodista pidió a Manuel Vázquez Montalbán «algo que quiera añadir a modo de epílogo de su existencia». Él replicó que, de momento, no tenía ningún epílogo preparado e hizo alusión a «algunas recomendaciones acerca de cómo tratar algunas obras inéditas».
Begoña Aranguren se resistió. «Me niego a terminar de esta manera tan pragmática… Usted que siempre fue tan ingenioso, díganos una frase…»
Manolo no tenía la respuesta. Rebuscó un posible Rosebud y evocó una estupenda vivencia de infancia. Su madre, una tarde en el Raval, un cucurucho de aceitunas negras… No obstante, ante la presión de la periodista, que no se conformaba con cualquier cosa, terminó recordando «una frase que se me ocurrió a la desesperada cuando un catedrático de instituto —yo me examinaba por libre— nos pidió: “Díganos usted un ejemplo de pareado”, y yo me quedé horrorizado, no se me ocurría ningún pareado en aquel momento y dije…».
Pronunció entonces un eslogan publicitario que daban por la radio en tiempos pretelevisivos del franquismo y que formaba parte de mi memoria histórica, como de la suya:
—«Quien calcula compra en Sepu.»
Ésas fueron sus últimas palabras y, si he conseguido transmitir mi afinidad con Manolo, entenderéis que despierten mi entusiasmo.
Concluyó la entrevista Begoña Aranguren diciendo lo mismo que digo yo cuando me acuerdo de él:
—Muchísimas gracias, don Manuel.

ANDREU MARTÍN

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